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30/7/12

Versos humanos


Paul G.Oxborough


• Aquella tarde, llovía como nunca, la atmósfera resultaba cargante y tenía trabajo atrasado, debía corregir algunos exámenes de sus alumnos, así pues se quedó en la casa trabajando.
• Además, iba a venir Clara para la clases particulares.
• Sonó el timbre, era ella, pero esta vez vino con su madre, dijo que escucharía, que ya no recordaba sus clases de literatura en la escuela.
• El profesor, aunque algo contrariado por tener una espectadora, se concentró al máximo para que clara pudiera aprobar.
• Mientras le hacía recitar poemas en voz alta, la madre se sentó cerca del piano, y como llamada por una extraña sensación, empezó a tocar.
• El profesor no pudo evitar sentir una leve combustión en su cuerpo, cuando a sus oídos llegaban las notas de Beethoven con intensidad abrumadora.
• Intentó no girarse hacia donde ella estaba, siguió con la clase, esta vez , le dijo a Clara, te enseñaré a recitar...escucha-
• -Ojos claros, serenos
• La música llegaba a mezclase con los versos de tal manera, que el profesor y la madre de Clara se sentían en comunión delirante...
• Él seguía cada vez con más pasión...
• -si de un dulce mirar sois alabados,
• ¿por qué, si me miráis, miráis airados? -
• La madre de Clara se giró un segundo , su voz, la voz del profesor... retumbaba en sus entrañas como cascadas , como agua estrepitosa, como algo que jamás había sentido.
• El profesor se volvió también hacia ella, y siguió con el poema;
• -Si cuanto más piadosos,
• más bellos parecéis a aquel que os mira,
• no me miréis con ira,
• porque no parezcáis menos hermosos.
• ¡Ay tormentos rabiosos!
• Ojos claros, serenos,
• ya que así me miráis, miradme al menos. -
• En ese momento los dos pasaron a ser uno solo, no existía nadie más...ellos , el poema y la música...en apasionante simbiosis, fueron 5 minutos de gravidez mortal, más de de 5 sentidos agudizados, aquellas miradas perdurarían hasta el fin de sus días.

25/5/12

ENAMORADOS DESENAMORADOS

GABRIELLE- BAKKER

Roland Topor (7 de enero de 1938 en París-16 de abril de 1997).
Escritor, pintor, ilustrador y cineasta francés de origen polaco.


Mary Jane Ansell


Pia Di Stefano

ENAMORADOS DESENAMORADOS

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Separe a dos enamorados.
Ponga en una olla un trozo de mantequilla del tamaño de un bebé.
Cuando la mantequilla esté caliente, mate a los enamorados deshechos en lágrimas, vacíelos, y, después, póngalos a cocer juntos.
Cuando hayan adquirido una bonita palidez, retírelos.

Jean Béraud

Haga un caldo con harina y mantequilla, sal, pimienta, un ramito de muguete (si es temporada), tomillo y laurel.
Vuelva a echar a los enamorados en la olla, con una docena de cebollitas tiernas y, quince minutos antes de servir, añada unos cuantos champiñones.
Se pueden agregar unos golpes y unas cuantas heridas.

Texto:
Roland Topor




4/12/11

La Regenta venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba


Ignacio Díaz Olano


• Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar la procesión a una calle, ya se sabía en ella, por las apretadas filas de las aceras, por la muchedumbre asomada a ventanas y balcones que «la Regenta venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba.»
• No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa.
• Cristo tendido en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos...
• En frente del Casino en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio churrigueresco de piedra obscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la Marquesa, Visitación, Obdulia, las del barón y otras muchas damas de la llamada aristocracia por la humilde y envidiosa clase media.



Ignacio Díaz Olano


• Obdulia estaba pálida de emoción.
• Se moría de envidia. «¡El pueblo entero pendiente de los pasos, de los movimientos, del traje de Ana, de su color, de sus gestos!...
• ¡Y venía descalza! ¡Los pies blanquísimos, desnudos, admirados y compadecidos por multitud inmensa!»



Fotografía, China Hamilton


• Esto era para la de Fandiño el bello ideal de la coquetería.
• Jamás sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo a negro encaje bordado y bien ceñido;
• jamás su espalda de curvas vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, habían atraído así, ni con cien leguas, la atención y la admiración de un pueblo entero, por más que los luciera en bailes, teatros, paseos y también procesiones...



José Gutierrez Solana


• «Y era natural; todo Vetusta, seguía pensando Obdulia, tiene ahora entre ceja y ceja esos pies descalzos, ¿por qué?, porque hay un cachet distinguidísimo en el modo de la exhibición, porque... esto es cuestión de escenario.» «¿Cuándo llegará?» preguntaba la viuda, lamiéndose los labios, invadida de una envidia admiradora, y sintiendo extraños dejos de una especie de lujuria bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Sentía Obdulia en aquel momento así... un deseo vago... de... de... ser hombre.



Frederick Leighton
• Fragmento de La Regenta
• Capítulo XXVI
• Leopoldo Alas Clarín

27/11/11

Versos humanos


Paul G.Oxborough


• Aquella tarde, llovía como nunca, la atmósfera resultaba cargante y tenía trabajo atrasado, debía corregir algunos exámenes de sus alumnos, así pues se quedó en la casa trabajando.
• Además, iba a venir Clara para la clases particulares.
• Sonó el timbre, era ella, pero esta vez vino con su madre, dijo que escucharía, que ya no recordaba sus clases de literatura en la escuela.
• El profesor, aunque algo contrariado por tener una espectadora, se concentró al máximo para que clara pudiera aprobar.
• Mientras le hacía recitar poemas en voz alta, la madre se sentó cerca del piano, y como llamada por una extraña sensación, empezó a tocar.
• El profesor no pudo evitar sentir una leve combustión en su cuerpo, cuando a sus oídos llegaban las notas de Beethoven con intensidad abrumadora.
• Intentó no girarse hacia donde ella estaba, siguió con la clase, esta vez , le dijo a Clara, te enseñaré a recitar...escucha-
• -Ojos claros, serenos
• La música llegaba a mezclase con los versos de tal manera, que el profesor y la madre de Clara se sentían en comunión delirante...
• Él seguía cada vez con más pasión...
• -si de un dulce mirar sois alabados,
• ¿por qué, si me miráis, miráis airados? -
• La madre de Clara se giró un segundo , su voz, la voz del profesor... retumbaba en sus entrañas como cascadas , como agua estrepitosa, como algo que jamás había sentido.
• El profesor se volvió también hacia ella, y siguió con el poema;
• -Si cuanto más piadosos,
• más bellos parecéis a aquel que os mira,
• no me miréis con ira,
• porque no parezcáis menos hermosos.
• ¡Ay tormentos rabiosos!
• Ojos claros, serenos,
• ya que así me miráis, miradme al menos. -
• En ese momento los dos pasaron a ser uno solo, no existía nadie más...ellos , el poema y la música...en apasionante simbiosis, fueron 5 minutos de gravidez mortal, más de de 5 sentidos agudizados, aquellas miradas perdurarían hasta el fin de sus días.




Edgar Degas

26/1/11

El amor brujo









* El amor brujo

* El amor brujo –dicen- es una maldición luminosa que se transmite por la vista y se propaga rápidamente a todos los sentidos de un cuerpo domesticado por la insensatez y la desdicha.
o El amor brujo puede tomar la forma de un ángel herético, de un gitano infiel o de una ferviente vocación equivocada.
o Es deslumbrante y disoluto, profesa la terquedad y la desmesura.
o Cuando el amante se ve libre de él ya no le quedan restos para vivir la vida decorosa de los que no sufrieron maldición alguna ni tuvieron los ojos vulnerables.
o Incapaces de abandonar sus malos hábitos, los dejados por su mano ya no serán felices en el ángulo oscuro donde una vez ardieron los fuegos de San Juan y el amor triunfante saltó sobre las brasas.

* María Rosa Lojo : Buenos Aires en 1954
















































26/10/10

Sobre El collar de la paloma




* Es william blakeleita

Mis ojos no se paran sino donde estás tú. Debes tener las propiedades que dicen del imán. Los llevo adonde tú vas y conforme te mueves, como en gramática el atributo sigue al nombre.





5/10/09

El fantasma del barrio judío: Paul Leppin


Mary Jane Ansell
• Queridos amigos, hoy os mostraré un cuento del autor checo: Paul Leppin.
• Un escritor fructífero y brillante que cultivó no solo el arte de escribir cuentos, también fue un extraordinario autor teatral, poeta y novelista excelente.
• Nació en la ciudad de Praga el 27 de noviembre de 1878 y murió el 10 de abril del año 1945.
• Nos logra sumergir en el ambiente de su ciudad a través de las sensaciones de una mujer llamada Johanna.
• La descripción del ambiente es exquisita y la forma de escribir del autor nos introduce rápidamente en el justo instante que nos quiere mostrar.
• Espero que os guste.


Jared Joslin
• "En el centro de Praga, donde ahora forman anchas calles las altas y aireadas casas de alquiler, existía aún hace diez años el barrio judío.
• Un retorcido y lóbrego laberinto del que ninguna tormenta lograba barrer el olor a moho y paredes húmedas, y donde en verano las abiertas puertas despedían un aliento venenoso.


Prague Sunrise: Scott Burdick
• La suciedad y la pobreza apestaban a cual más, y en los ojos de los niños que allí crecían titilaba una indolente y cruel perversidad.
• A veces, el camino conducía a través de la panza de una casa, en forma de bajo y abovedado pasadizo, o daba una brusca vuelta para terminar de repente ante un muro.
• Los vendedores, que apilaban sus baratijas en el desigual adoquinado, delante de las tiendas, llamaban a los transeúntes con cara de astucia.
• En las entradas de las casas permanecían apoyadas las rameras de pintados labios, que reían con ordinariez, susurraban cosas a los oídos de los hombres y se levantaban la falda para enseñar las medias amarillas o verdosas.
• Viejas alcahuetas de blancas greñas y temblequeante mandíbula saludaban desde las ventanas, golpeaban el alféizar, llamaban con las manos y producían guturales sonidos de afán y satisfacción cuando algún individuo caía en la red y se aproximaba.


George Bellows
• Reinaba allí la lascivia y, una vez anochecido, invitaba a una visita con sus farolillos rojos.
• En algunos callejones había en cada casa un prostíbulo, cuchitriles donde el vicio se acostaba en un mismo lecho que el hambre, donde mujeres tuberculosas de marchitos encantos tenían establecido su mísero negocio; secretos tugurios en los que, entre murmullos y guiños, más de una chica en edad escolar era desflorada y su indefensa virtud terriblemente malvendida.


Fabián Pérez
• También había mancebías de postín, amuebladas con lujo, donde el pie sólo pisaba alfombras y las rollizas meretrices aparecían luciendo sedeños vestidos de cola.
• El salón Aaron se hallaba en un edificio de dos pisos, no lejos de la sinagoga y tocando a las destartaladas chozas del callejón de los gitanos.
• Dado el pobre aspecto de los alrededores, aquella casa casi producía un aspecto pulcro, pese a que el revoque de las paredes se había desprendido en parte y el polvo y la lluvia embadurnaban los vidrios de las encortinadas ventanas.
• De día dominaba el silencio.


Jeremy Lipking
• Sólo raras veces subía un cliente los gastados peldaños que conducían a la oscura entrada y, al cabo de una hora, volvía a salir rápidamente, vergonzoso y con el cuello subido. Pero de noche brotaba allí, como de pozos escondidos, una vida vibrante, ruidosa y llena de luz.
• Encendíanse las ventanas, y las risas aleteaban dentro como un pájaro encerrado en una jaula.
• Entre ellas sonaba la de Johanna; una especie de cálido arrullo, insinuante y sensual, que se distinguía claramente de las voces de las demás, y que en ocasiones ya se oía en medio del silencio matutino, como el canto de una alegre alondra enamorada.
• A Johanna le complacía que los hombres acudiesen a ella.


Fabián Pérez
• Estaba más solicitada que sus compañeras, porque a cada cliente le daba algo de esa dulzura apocada, torturadora e inquieta que llenaba su ser, y que los perezosos cuerpos de las otras mujeres no poseían. La propia Johanna se asombraba de ello.
• La profesión que para tantas rameras resultaba una aburrida y desagradable carga, despertaba en su persona un estático anhelo de amor, un acicate que sentía en su carne y que confería a sus ojos un brillo juvenil.


Gustav Klimt
• Con unos labios agrietados y heridos de tanto besar, bebía de la boca de los hombres, siempre invadida por la virginal voluptuosidad que acompañara su primer abrazo.
• En los descansos que le dejaba su pecaminoso trabajo, que le parecían insoportablemente largos y desiertos, escuchaba los pasos de los transeúntes, y si sonaba la campanilla, se le iluminaba el rostro y suspiraba.



Fabián Pérez
• Había muchos días en que saboreaba el amor hasta la saciedad, pero cuando por fin yacía en su cama con la cabeza atontada y los miembros doloridos, su memoria recorría aún todos los hombres conocidos, abandonándose al goce del recuerdo, y Johanna sonreía en la oscuridad.


Fabián Pérez

Zhaoming Wu
• A veces, sobre todo en verano, cuando se acostaba próxima ya la madrugada, su excitación aumentaba ya hasta el tormento.
• Entonces se asomaba en camisón a la ventana para observar el gueto. Extendía los desnudos brazos y sentía en su piel cual gotas de sangre la templada lluvia.
• Lo que tenía a sus pies, era su mundo.


Anna Bocek
• La ciudad donde parpadeaban las soñolientas luces de las casas de citas, donde en las callejuelas de mala reputación se acurrucaban pesadas sombras y, a lo lejos, un gimoteante violín o el duro tecleteo de un artefacto musical invitaba todavía a la diversión...
• Entonces una soñadora melancolía bañaba de lágrimas su cara.
• La brisa nocturna acariciaba suavemente sus senos, Johanna echaba la cabeza hacia atrás, y sus labios besaban el aire."
• Paul Leppin
• El fantasma del barrio judío, fragmento


Oskar Kokoschka, Praga

De Carmensabes poesia y arte

11/6/09

La Regenta, La obra de la semana





Santiago Rusiñol i Prats

Ana se sentía caer en un pozo, según ahondaba, ahondaba en los ojos de aquel hombre que
tenía allí debajo; le parecía que toda la sangre se le subía a la cabeza, que las ideas se
mezclaban y confundían, que las nociones morales se deslucían, que los resortes de la
voluntad se aflojaban; y viendo como veía un peligro, y desde luego una imprudencia en
hablar así con don Álvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba, en alabarle y abrirle el
arca secreta de los deseos y los gustos, no se arrepentía de nada de esto, y se dejaba resbalar,
gozándose en caer, como si aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias sociales,
de bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez vetustense que condenaba toda
vida que no fuese la monótona, sosa y necia de los insípidos vecinos de la Encimada y la
Colonia...
Ana sentía deshacerse el hielo, humedecerse la aridez; pasaba la crisis, pero no
como otras veces, no se resolvería en lágrimas de ternura abstracta, ideal, en propósitos de
vida santa, en anhelos de abnegación y sacrificios; no era la fortaleza, más o menos fantástica,


Ken Howard

de otras veces quien la sacaba del desierto de los pensamientos secos, fríos, desabridos,
infecundos; era cosa nueva, era un relajamiento, algo que al dilacerar la voluntad, al vencerla,
causaba en las entrañas placer, como un soplo fresco que recorriese las venas y la médula de
los huesos.



Ken Howard

«Si ese hombre no viniese a caballo, y pudiera subir, y se arrojara a mis pies, en
este instante me vencía, me vencía». Pensaba esto y casi lo decía con los ojos. Se le secaba la
boca y pasaba la lengua por los labios. Y como si al caballo le hiciese cosquillas aquel gesto
de la señora del balcón, saltaba y azotaba las piedras con el hierro; mientras las miradas del
jinete eran cohetes que se encaramaban a la barandilla en que descansaba el pecho fuerte y
bien torneado de la Regenta.
Ahora, al sentir revolución repentina en las entrañas en presencia de un gallardo jinete, que
venía a turbar con las corvetas de su caballo, el silencio triste de un día de marasmo, la
Regenta no vaciló en creer lo que le decían voces interiores de independencia, amor, alegría,
voluptuosidad pura, bella, digna de las almas grandes.
Sus horas de rebelión nunca habían
sido tan seguidas.
Desde aquella tarde ningún momento había dejado de pensar lo mismo; que
era absurdo que la vida pasase como una muerte, que el amor era un derecho de la juventud,
que Vetusta era un lodazal de vulgaridades, que su marido era una especie de tutor muy
respetable, a quien ella sólo debía la honra del cuerpo, no el fondo de su espíritu que era una
especie de subsuelo, que él no sospechaba siquiera que existiese; de aquello que don Víctor
llamaba los nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que era el fondo de su
ser, lo más suyo, lo que ella era, en suma, de aquello no tenía que darle cuenta.

«Amaré, lo
amaré todo,
lloraré de amor, soñaré como quiera y con quien quiera; no pecará mi cuerpo,
pero el alma la tendré anegada en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no es
capaz de comprenderlas».



Vera Rockline
Dos fragmentos de La Regenta
Del capítulo I
Del capítulo XVI
Leopoldo Alas, Clarín